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jueves, 3 de febrero de 2011

Mi muerte virtual






                           
He tenido la sensación de estar muerto, como la gente que ha vivido, en carne propia, una experiencia personal con este hecho humano impostergable.

Estas personas relatan que han visto, desde el “más allá”, cómo la vida terrenal continúa sin ellos. Una sensación similar he tenido en los últimos días.

He visto cómo la gente, especialmente mis familiares y amigos han continuado su vida, como si no hubiese pasado nada. Es decir, “mi muerte”.

Valga aclarar que se trata de “una muerte” estrictamente virtual ¿Que quiero decir con esto? Les voy a contar.

La muerte de Baudilio

El pasado mes de diciembre me encontraba revisando “mi página” de Cara de Libro, como, a manera de broma le llama un amigo al facebook.

Como sabemos ésta es una de las decenas de “redes sociales” que circulan por el ciberespacio. Yo, en lo personal, le llamo “red de sociales” más bien, por las características de páginas sociales de periódicos que tienen estos espacios cibernéticos.

Para mí las “redes sociales” es otra cosa. Tienen que ver, más bien, con las decenas de movimientos sociales que apuestan a la construcción de un mundo más justo.

Lo cierto es que revisando “mi face” cometí un error, para no entrar en mayores detalles técnicos sobre el uso de “mi página”. Este error me había impedido acceder, nuevamente, al perfil que creé hace tres años.

Me pasó algo así como esas muertes absurdas que han sucedido en la vida, como la del recordado jugador de béisbol de mi época de niño, el receptor Baudilio Díaz.

Este jugador tiene aún, por cierto, la marca de más jonrones: 20 en una temporada del béisbol profesional venezolano, conseguida en la temporada 1979-1980. En esa época tenía 11 años ¡Cómo ha pasado el tiempo¡

Baudilio Díaz, según relataron los diarios de la época, murió de un certero golpe propinado en la cabeza por la base de una antena parabólica, cuando el pelotero procedía a arreglarla en la terraza de su casa. No había llegado al país la televisión por cable.

La antena, lamentablemente se partió, le dio en la cabeza y uno de los grandes peloteros del béisbol venezolano y del Caribe, que le “quechó” a los tiradores más duros y rápidos de béisbol de aquel tiempo, incluido de las Grandes Ligas de los EEUU, murió de esta forma tan absurda.

Algo así “me pasó” a mí con el Cara de Libro, una de esas herramientas tecnológicas, que te hace visible ante el mundo virtual y que produce, a veces, debo reconocerlo, la alienante sensación de que “no existes” cuando no tienes acceso a ella y “comunicación” con este mundo virtual.

Como en una película

Lo mío fue “una muerte” realmente absurda. Le di un click a una opción que no debía, y a partir de allí quedé imposibilitado de acceder a “mi página”, es decir, a “mi vida virtual”.

Me comuniqué con la compañía telefónica nacional que, sin querer entrar en mayores detalles técnicos, podía tener a la mano la solución a mi problema, es decir, que “siga viviendo” en el mundo virtual del facebook.

Los operadores de la compañía telefónica, como una especie de médicos, intentaron “salvar mi vida” virtual, pero sus esfuerzos fueron en vano.

“Señor, no podemos hacer más nada”, me dijo una noche uno de los operadores de la empresa telefónica, como a veces los médicos comunican, a los familiares de pacientes en estado crítico, la dura realidad: la muerte.

Desde los perfiles de mis hijos, que me prestaron “sus páginas” del face, logré visualizar lo que la gente comentaba en mi perfil, pero estaba imposibilitado de responderles.  No tenía acceso a “mi página”, es decir, a “mi vida” virtual.

Me sucedía como el personaje de la película romántica Ghost, de Jerry Zucker. En esta cinta el personaje central interpretado por Patrick Swayze, quedó atrapado en un extraño estado entre la vida y la muerte.

No terminaba de morir, pero tampoco podía comunicarse con la gente de la vida terrenal y estos con él, de manera que permanecía en una dimensión desconocida.

Algo similar me pasaba a mí. Sabía y me enteraba de todo lo que mis amigos y amigas comentaban, colocaban y hacían en el face a través de las páginas de mis hijos, pero yo no podía responderles a través de “mi página”.

Mi amiga Luciana Grioni, que vive en Caracas, por lo menos, me saludó por el asunto del año nuevo. “Querido amigo… que tengas un maravilloso año rodeado de lo que más quieres. Un abrazo”.

Deseaba responderle y desearle, también lo mejor del mundo para ella y su pequeño hijo, y no podía hacerlo, como Patrick Swayze en la película Ghost.

Mis cuñadas y amigas de Maracaibo, de Barquisimeto y hasta de París se jugaron conmigo por una foto en la que aparezco besando a mi esposa Andreína en la mejilla, durante las celebraciones de Fin de Año.

Una de mis cuñadas, la que vive en Maracay, comentó: “¡Uuuuupaaa!”.  Gaby, una de las que vive en Maracaibo, dijo: “¡eeeeesooooo negro! y otra de las cuñadas, Camen, tarareó el sabroso merengue: “¡… y qué será lo que quiere el negroooo..!

Yulaidis, nuestra amiga marabina residenciada en Francia, hizo el siguiente comentario sobre la foto: “Mirenme este..... el nuevo año promete más muchachos, parece! Jajaja”.

La prima barquisimetana María Alejandra, por su parte, respondió a los anteriores comentarios, también a manera de broma, aunque también, agrego yo, muy en serio: “Lo que la mami Andre le da…”. A este jocoso foro deseaba responder pero no podía. Estaba virtualmente “muerto”.

Ni siquiera podía responder a las informaciones más sencillas, como el teléfono de una amiga común, que me había pedido, por el correo personal del face, mi amiga Yurbri, buena compañera de viaje a Cuba. Estaba totalmente inhabilitado para responder.

La única que sospechó que algo raro sucedía fue mi muy buena y vieja amiga Teresa Brandt, tan intuitiva como siempre. “Hombre ¿y tú que te hiciste?”, me preguntó a través de mi muro.

Estuve a punto de “espantarla”. Es decir, responderle a través de la página de mi hijo Juan Andrés, pero me contuve. En el fondo tenía la esperanza de “resucitar”.

Como el difunto yo

Por estos días me he sentido, también, como Andrés Erre, el personaje central del cuento El difunto yo del escritor larense Julio Garmendia (1898-1977), uno de los precursores del “realismo mágico” latinoamericano.

Garmendia, en un maravilloso juego de ficción literaria, cuenta la historia de Andrés, a quien su “otro yo” o alter ego (su personalidad oculta) escapa de su control y hace de las suyas.

“El “otro yo” realiza acciones opuestas a las que habitualmente hacía el personaje central. Lo involucra en todo tipo de entuertos, incluyendo los legales y, a veces, los más dolorosos: los maritales.

Es decir, como decimos en criollo, su “otro yo” le monta cacho con su mujer. Su Alter Ego hace delicias con su esposa en su propia cama y él lo ve todo, pero sin poder hacer absolutamente nada.

El personaje central del cuento no soporta las jugarretas de su “otro yo” y se ahorca. El Alter Ego termina apoderándose, totalmente, de su cuerpo.

“No hubo duelo, ni entierro. El periódico no hizo alusión a la tragedia, ni en grandes ni en pequeños titulares”, da su testimonio el afligido Andrés Erre. Algo “parecido” me ha sucedido a mí, aunque no tan dramático como al personaje del cuento.

Me refiero a que Andreína comentó la foto que se tomó con Huscar Barradas, ese talentoso músico zuliano que nos conseguimos en el evento Primer Gran Baile del Año,  realizado en la noche del 1 de enero en el Círculo Militar de Maracaibo.

En esta presentación estuvieron la Billo´s Caracas Boy y el Super Combo los Tropicales con Argenis Carruyo, Doris Salas, Chalo Navarro y Ender Carruyo, entre otros. ¡Tremendo espectáculo!, al que nos invitaron nuestros amigos Kendric Fuenmayor y Lisbeth Rondón.

Andreína comentó en el pié de la foto: “…aquí con el cuchilindo de Huscar Barradas…”, y por supuesto que las amigas de Andreína, respondieron la foto de ambos abrazados.

“Eesssoooo”, “eeechoooo”, “bellos…”, “bellos y dulces…”, “un acompañante de lujo” y “talentosa pareja”, fueron algunos de los comentarios de las amigas de Andreína, y yo sin poder decir nada.

Como hace referencia el cuento de Garmendia, en mi “muerte virtual” no había ni duelo ni entierro, los medios clásicos o virtuales, menos hacía alusión a esta “muerte”.

Sólo como consuelo me había quedado, a manera de “epitafio”, un bonito mensaje de mi tía Beatriz: “Querido sobrino, qué buena selección tienes en tu colección de fotos y que bien organizadas!!!”.

Agregó la tía, a manera de “consolación” personal: “Disfruto viéndolas. Qué maravilla tener periodistas en la familia!!!! No te canses de recordarnos esos buenos momentos en la prosa y en la fotografía”.

Como para terminar de “despedir” “mi cuerpo” y “mi alma” Beatriz, una de las tías más lindas que hay en nuestra familia, me escribió: “Aunque pocas veces lo exprese, valoro inmensamente tus talentos. Te abrazo!!!”.

Yo, un Lázaro virtual

Nunca perdí la esperanza de volver a la vida. Sabía que mi  amigo Gustavo, “médico” personal de mis ordenadores, era mi única esperanza.

En efecto Gustavo hizo el milagro. Él recuperó la clave que había extraviado para acceder a “mi página” del face. De esta manera es como he resucitado finalmente.

Me siento, ahora, como aquel cuento que nos relataban de niños, de un hombre que “despertó” de su muerte en su propio velorio. El hombre no estaba muerto, estaba en una especie de profundo sueño, en el que ni respiraba.

También puedo decir que me sucedió, como se dice del mítico cuento del cuerpo de Walt Disney, que supuestamente permanece crionegizado o congelado, para posteriormente resucitarlo.

Este es un cuento similar que se ha tejido en torno al cuerpo del cantante Michael Jackson, que supuestamente también permanece en un invernadero, criogenizado.

Debo decir que, en lo personal, no creo en la resurrección, por lo menos en la vida terrenal que nos ha correspondido vivir. No obstante, en lo virtual la resurrección también parece posible. Si no, heme aquí, resucitado entre los muertos. Como Lázaro.

Félix Gutiérrez



martes, 4 de enero de 2011

Un monumento a la paz

La paz espiritual que transmite el silencio que se respira en el interior de la capilla del monumento a la Virgen de la Paz, bien vale la visita a esta ciclópea  esfinge, ubicada a 9 kilómetros de Trujillo, la capital del estado andino que lleva el mismo nombre de la discreta y limpia ciudad de los Andes venezolanos.

El silencio es sucedido por el eco que retumba, suavemente, en cada rincón de tu espíritu cuando se hace el más mínimo sonido: los rezos  y las plegarias que se realizan en un tono por más bajo que sea, o el comentario que a manera de susurro pueda hacérsele al acompañante.

O el caso del niño, o niña, curioso o curiosa, que solamente por el placer de escuchar el misterioso eco, emite cualquier tipo de inocente ruido en esta capilla, en forma de iglú pintado de rojo en sus exteriores y de color blanco en su interior, localizada en las inmediaciones de la gigantesca escultura venezolana de 46,72 metros de altura.

La Virgen de la Paz es el monumento más alto de América Latina, incluyendo el espectacular Cristo Redentor de Corcovado, de Río de Janeiro, en Brasil. Incluso, más grande que la famosa estatua de la Libertad, de la ciudad Nueva York, en los Estados
Unidos del Norte de América.

Esa misma estatua norteamericana que se trepa a través de unas incómodas escaleras de caracol y en cuyo interior, se respira un nauseabundo olor a sobaco (axilas no aseadas), según comentó una dama que subía con su familia por las escaleras del monumento de Los Andes venezolanos.

Luego de la experiencia espiritual reconfortante en la capilla del Monumento a la Paz, salir y observar a la distancia la enorme esfinge y luego recorrerla por dentro es un verdadero espectáculo turístico.

Antecede a este emocionante viaje al interior de la virgen un camino de árboles a través de los cuales se accede a la base del monumento, y sobre los cuales pareciera que la virgen levitara.

La Virgen de la Paz, diseñada por el escultor Manuel de La Fuente, fue inaugurada en diciembre de 1983, hace exactamente 27 años. Esta última información se indica en una cartelera informativa colocada en la entrada a este monumento, donde los adultos mayores y las personas con discapacidad pueden subir a través de un ascensor.

El resto de las personas deben hacerlo a través de sus escaleras, parecidas a las de cualquier edificio de una ciudad, que lleva a los cinco miradores del monumento, localizados, uno, un poco más arriba de lo que serían las rodillas de una persona.

Un segundo mirador en la mano izquierda extendida de la virgen, y un tercer mirador a la altura de la paloma que carga en su brazo derecho, así como en el cuarto mirador a la altura del pecho. El quinto y último mirador se ubica en los ojos de la inmensa escultura.

Desde este monumento, en un día totalmente despejado, se destaca en la reseña histórica de la obra colocada en la entrada, puede observarse la casi totalidad del estado Trujillo, así como la Sierra Nevada de Mérida y el Lago de Maracaibo, del estado Zulia.

En el primer mirador, en las rodillas de la virgen, por lo menos, se observa la ciudad de Trujillo, la capital de este estado, especialmente su diocesano.

Desde el segundo mirador, la mano izquierda, se avizoran Los Llanos de Monay, Agua Viva, Isnotú, Betijoque, La Cejita, Motatán y Pampanito, entre otros pueblos trujillanos.

En el tercer mirador, la paloma que sostiene en la mano derecha, se observa la zona más alta de este estado, incluyendo el famoso monumento natural Teta de Niquitao, así como desde el cuarto y quinto mirador, se aprecian La Sierra de Mérida y el Lago de Maracaibo.

Aunque en épocas del año, como la decembrina e inicios del año, así como en otros períodos, la niebla impide apreciar la mayoría de las zonas descritas, es un verdadero espectáculo apreciar la ciudad de Trujillo, con niebla incluida, desde este monumento.

Un espectáculo cuya expectativa se inicia desde el mismo momento que se llega al estacionamiento del obelisco, desde el cual se sube caminando unos metros hasta el parque, los que van en vehículo propio.

Las personas que van en colectivo, unos rústicos que se toman en la ciudad de Trujillo, pueden acceder hasta la entrada del propio parque del monumento andino.

En el estacionamiento, donde se dejan los vehículos, hay un pequeño mercado artesanal, donde se encuentran artesanos que venden vírgenes de la paz. Estos, y otros vendedores más comerciales, se localizan a todo lo largo del trayecto que se camina hasta la entrada del parque.

En el mercado algunos de los artesanos te cuentan parte de la historia de la virgen, a falta de guías, por lo menos durante la visita que hicimos, así como la falta de funcionarios de Protección Civil, que puedan atender a personas afectadas por las alturas.

Estos artesanos, cuentan, entre otras historias de la virgen, como que los feligreses agradecen sus favores ante una cueva, localizada en el Cerro La Peña, a algunos kilómetros de la estatua.

Se cuenta que allí apareció esta virgen de la paz, advocación de la Virgen María, en 1570, un año después de la fundación de la ciudad de Trujillo.

No obstante, otros feligreses que no pueden ir a estas cuevas agradecen sus favores abriendo pequeñas grietas en el camino que conduce al monumento, e incrustan pequeñas vírgenes de cera y de otros materiales, en la montaña.

Puede que conocer la Estatua de la Libertad, de los EEUU, proporcione la sensación de poder a sus visitantes y al Cristo de Corcovado, en Brasil, la de trascendencia.

Pero la sensación de paz espiritual interior y plegaria de paz mundial que proporciona la Virgen de la Paz, a mi manera de ver, es insustituible, además de lo urgentemente impostergable. Por estas razones bien  vale una visita a este monumento a la paz.

Félix Gutiérrez

sábado, 25 de diciembre de 2010

Trópico en Navidad


Santa Claus, el arbolito navideño y otros elementos tan extraños al Trópico en el que vivimos, son referentes de nuestra Navidad.

Si quisiéramos hacer unos de esos juegos de mal gusto de la televisión, de colocar todos esos componentes en otra época del año, seguramente nos engañarían.

Pensaríamos que estamos en Navidad.

No obstante, creo que Santa Claus, el arbolito navideño y otras piezas transcultorizadoras, son apenas unos referentes decorativos más en esta hermosa época del año.

Las verdaderas referencias de nosotros, los hombres y mujeres del Caribe, se percibe en otros componentes. Algunos de ellos tan sólo pueden percibirlos nuestros corazones.

La Navidad es la mirada ilusionada de los niños, es el sabor único del mejor manjar navideño: la hallaca que hace nuestra madre. Es el calor corporal y espiritual de nuestros amigos, de nuestras amigas…

En el Trópico sabemos que estamos en Navidad no por la nieve, tan extraña a nuestra cotidianidad, sino a un color que arropa a nuestros pueblos y ciudades, que sólo puede apreciarse en el Caribe.

La Navidad es una brisa fresca que llega, es un aire indescriptible, único, que se percibe en las calles, las avenidas y en las esquinas de nuestros núcleos urbanos y rurales.

La Navidad es una nieve pero no blanca y fría sino azul y cálida, una nieve de calidez humana que desciende, por estos días, sobre nuestros corazones.

De esta manera quiero desearte una Feliz Navidad 2011 y un Prospero y Venturoso Año 2012. A ti, con quien compartí bonitos episodios: pequeños o grandes, sencillos o majestuosos, trascendentales, en este año 2011 que se despide.

Te deseo, de todo corazón, para este 2012 mucha salud, mucha pasión, mucha voluntad, mucha entrega y mucha fortaleza.

Mucha sabiduría, mucho ingenio, mucha paciencia, mucha tolerancia y por sobre todo mucha pero mucha felicidad. Es mi más sincero deseo.

Félix Gutiérrez

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Cuba es

Cuba es un viejo avión de la época soviética cruzando el Mar Caribe en la madrugada de un octubre bellísimamente rojo.

Es un viejo pero cumplidor avión de Cubana de Aviación que Andreína y yo bautizamos como la Guagua del Aire.

Es un batallón de cubanos y sus solidarios hermanos venezolanos y latinoamericanos del vuelo 313, intentando romper el injusto bloqueo estadounidense impuesto al pueblo cubano hace más de 50 años.

Procurando quebrar, a nuestra manera, el indigno embargo comercial, económico y financiero, cargando en el avión toda clase bienes de servicios que escasean en la isla por obra y gracia de la genocida ley gringa Helms-Burtom.

Cuba es pasear por el Malecón de La Habana, ese extenso muro de protección contra las aguas, de 7 kilómetros de longitud, construido a todo lo largo de la Habana Vieja.

Es una cita con ese emblemático lugar de esta apacible ciudad del Caribe, donde los cubanos se enamoran, pescan, leen, piensan o sencillamente se sientan a contemplar la profundidad del mar.

Cuba es andar y desandarse la Habana Vieja, el arquitectónicamente hermoso pero socialmente enigmático centro histórico de la ciudad, patrimonio de la humanidad.

Es visitar la famosa Bodeguita del Medio, el Museo del Ron, la Casa de Hemingway, la heladería Coppelia, El Museo de la Revolución, la urbanización  El Vedado,  el Barrio Chino...

Es recorrer la Plaza de la Revolución, el epicentro de las actividades políticas de esta Nación, que se asume orgullosamente como el primer país en haber derrotado al imperialismo norteamericano en América Latina, en la invasión de Bahía de Cochinos, en playa Girón, en 1961.   Es la estatua de uno de los más grandes héroes cubanos y latinoamericanos: José Martí, sobresaliendo en la plaza con dignidad y con orgullo.

Es tomarse la foto de ocasión con las gigantes y legendarias figuras del Che Guevara y Camilo Cienfuegos, que sobresalen en la inmensidad de plaza.

Cuba es el Show de Tropicana, es la Casa de la Música, es beber ron Havana Club, es fumar habano. Es acostarse  en la madrugada después del largo guataque habanero y levantarse dos horas más tarde, para seguir explorando la ciudad y su gente.

Es un ¡Viva Chávez! en cada rincón que nos identificaban como venezolanos, y nosotros más atrás, respondiendo con la consecuente solidaridad hermana de siempre: ¡Viva Fidel, no joda!

Es conseguirse, por azar, en una avenida del Vedado a Germán Sánchez Otero, el embajador de Cuba en Venezuela durante el golpe de Estado de 2002.

Ese mismo embajador, y a su familia, a los que le gritaba la horda fascista el día del golpe por TV: ¡Se van a tener que comer las alfombras!

Cuba es andarse toda una tarde por La Habana buscando la plaza de un soñador: John Lennon, junto con Luz Berenice y Andreína, y encontrarnos en el agotador trayecto la pinta en una pared habanera, que decía: "Si se puede, coño".

Es esta creativa pinta y otros mensajes públicos en los que se exalta el espíritu cubano, como aquel que leímos, grandote, en la entrada de un polígono de tiro, que indicaba con doble sentido político y erótico: "Todo cubano debe saber tirar y tirar bien".

Cuba es viajar de La Habana a Varadero, pasando por la acogedora ciudad de Matanzas. Es ir prendiendo el sano bochinche venezolano en cada parada que hacíamos en la carretera.

Es ir montado en una guagua turística escuchando por calles, avenidas, carreteras y autopistas cubanas el Catalejo de Buena Fe.

Es saludar al músico cubano Frank Delgado en el Aeropuerto Internacional José Martí de La Habana, mientras se disponía a tomar un vuelo a Toronto.

Cuba es Lolis, es La China, es Neyla, es Yessica, es Gerardo, es Elías: el sub-cuentero, es Edgar Castillo, bautizado popularmente como el Cuchi-Cuchi. Es Yurbri, es Alejandro, es Carlos, es El Parsero, es el Grupo de los 15 viajando por toda Cuba.

Es bañarse desnudo en las paradisíacas playas de Varadero, a altas horas de la madrugada, con Luz, Mirtha, Sonia y María de Los Ángeles, con unos cuantos rones encima.

Es pasear por Varadero en cocotaxi. Es conversar un rato sobre la historia del son cubano con Tito Knight, sobrino de Pedro Knight, el esposo de Celia Cruz.

Es acordarme, a ratos, de una vieja amiga venezolana que prefirió irse a Miami, luego de menospreciar mi invitación a viajar a Cuba con la excelente agencia de viajes cubana-venezolana Pegazul.

No obstante, en inmigración de un aeropuerto de los EEUU la trataron como sospechosa de terrorismo. "Es la primera vez que me pasa", se justificaba.

En honor a la cara de esta perpleja amiga no paraba de cantar, sonriente y feliz, por toda Cuba y a manera de lección de vida, una estrofa de la sabrosa charanga habanera, que dice: "…tu llorando en Miami y yo gozando en La Habana…".

Cuba es Alfredo y Mariátegui tomando una bandera venezolana y chilena, colocándola en la parte trasera de un carro alquilado para recorrer media isla: de Varadero a Santiago de Cuba, pasando por Santa Clara para conocer el mausoleo del Che.

Es anhelar que los días y las noches sean más largos. Es desear que el día de la partida, del regreso, no llegue aún, y cuando llega quedarse con unas ganas inmensas de quedarse.

En definitiva, si me pidieran una impresión de mi viaje a Cuba diría que Cuba no fue ni será… diría que ¡ Cuba es !

Félix Gutiérrez

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Lennon en La Habana



Luz Berenice hizo la propuesta: “¿Y por qué no vamos al Parque John Lennon?” Andreína y yo nos miramos. Sonreímos. La propuesta sonaba bonita.

“Pues vamos”, dijimos sin tapujos. De esta manera emprendimos uno de los recorridos más hermosos y reveladores que hicimos en La Habana.

Estábamos en la popular heladería Coppelia, situada en la concurrida esquina de la avenida 23 con calle L de la capital cubana. Poco antes el resto del grupo de venezolanos con el que habíamos viajado a la isla se nos extravió.

¿Dónde queda el Parque John Lennon?, le preguntamos al primer habanero que conseguimos, apenas tomamos la decisión de ir a la plaza.

Este parque fue inaugurado el 8 de diciembre del 2000, en homenaje a los 20 años del vil asesinato del famoso integrante del controvertido cuarteto inglés de los años 60: Los Beatles.


Un grupo que marcó a más de una generación, incluida la nuestra, que nació precisamente en los años 60, década de cambios fundamentales en el siglo XX.“El parque está lejos… como a 10 cuadras o más”, nos advirtió el buen habanero. Además, era cerca de las 6:00 de la tarde. En poco tiempo comenzaría a anochecer y probablemente no podríamos observar con detalles la singular escultura.

Una obra de arte del tamaño natural del emblemático músico inglés, realizada por el escultor cubano José Villa. Un monumento de bronce con la imagen completa de John Lennon, sentado apaciblemente sobre una banca de hierro en el parque que lleva su mismo nombre, en la famosa urbanización Vedado de La Habana

.
“No importa que quede lejos, nosotros vamos para allá…”, dijo Luz. Ese día no solamente caminamos buena parte de la avenida 23. Tuvimos la oportunidad de conocer La Habana y su gente.

Observamos la mujer y el hombre de la calle. Hablamos con jóvenes en un parque. Nos tomamos una cerveza Bucanera en una bodega, mientras hablábamos sobre la vida cotidiana de La Habana con el hombre y la mujer encargados de la tienda.

Todavía nos quedaba un trecho largo para llegar al parque, según nos decía la gente. Mientras caminábamos observábamos a los niños y las niñas.



A los jóvenes jugando en las plazas, soñando en las esquinas, caminando la tarde apacible y serena, como casi todas las calles y avenidas de esta ciudad del Caribe.


Una urbe sin prisa, sin el estrés al que estamos acostumbrados en otras ciudades latinoamericanas. Una gran ciudad con sus avenidas amplias, como la 23.
Unas calles y avenidas con sus espectaculares carros de los años 50, de la época del dictador Fulgencio Batista, y sus pequeños carros Lada de la otrora época soviética, rodando por cualquier rincón de La Habana.

Luego de caminar tanto, cuales soñadores de la vida cotidiana, estábamos ya cerca de la calle 17 entre las 6 y 8 de El Vedado, cuando volvimos a preguntar por la ubicación del parque.

“Allí está… es aquel”, nos dijo un vigilante de un local nocturno ubicado diagonal a la plaza. Efectivamente allí en la entrada del parque nos esperaba el famoso hombre.

A él nos aproximamos. Como hacen las decenas de turistas que se acercan nos sentamos a su lado y lo observamos largamente. Andreína colocó su cabeza sobre el brazo izquierdo de Lennon, como lo hace cuando está enamorada. Así se hizo su foto.


Luz Berenice lo abrazó para la siguiente gráfica y yo le di otro abrazo y coloqué posición de estar conversando con él, como lo hacen muchos visitantes para la foto de su particular posteridad.

Hablamos sobre la obra con un habanero que estaba sentado en la banca antes de que nosotros llegáramos. Nos contó varias anécdotas.

Por lo menos la de que días después de la inauguración de la obra los lentes que llevaba el monumento fueron hurtados por un desconocido.

Como si se tratara de un mal que lo persigue hasta más allá de la muerte, no bastó que un loco le quitara la vida aquel trágico 8 de diciembre de 1980, otro desquiciado se llevó sus primeros lentes de la escultura que lo inmortaliza en este bonito rincón del país antillano.

Antes de irnos descubrimos una inscripción colocada en el piso, al frente del monumento, que decía: "Dirás que soy un soñador, pero no soy el único", tal cual lo indica una parte de la canción Imagine.

Los tres nos miramos y sonreíamos. Había que estar bien loco para caminar tanto, para poder llegar a este parque, pero valía la pena haberlo hecho para conocer este lugar, donde se encuentra la escultura de un gran hombre que simbolizó la rebeldía en contra de todas las prohibiciones.

A la música rock, a la minifalda, a las melenas… así como igualmente reivindicó la idea a seguir soñando con un mundo libre y en paz. Para nosotros caminar tanto para conocer el parque Lennon de La Habana significaba precisamente eso: seguir soñando a la aspiración de un mundo cada vez más libre, más justo y más humano.

Félix Gutiérrez